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3/8/1984 . Sumisión o conflicto por Jorge Abelardo Ramos


Al hablar bajo el cielo de Italia sobre el Nuevo Mundo, sería inexcusable no rendir homenaje a Cristóforo Colombo, el obstinado navegante de Génova que descubrió "por error" la terra nova y al sutil cosmógrafo florentino Américo Vespucio, que describió con rigor científico la flora, la fauna y los hombres nuevos. ¡Extraña América criolla! Como atormentado símbolo de su atormentado destino histórico, fue una hija no deseada y llevará un nombre diferente al de su padre.

Si se mira la cuestión más de cerca se comprobará que, para los aborígenes, el Nuevo Mundo era el de los europeos, y que el suyo propio era tan viejo como las civilizaciones que los europeos venían a conquistar y destruir. El poder europeo dominó luego a los así llamados "americanos". Fueron "descubiertos", pero a su vez descubrieron a Europa. Ha llegado el momento que se descubran a sí mismos. En definitiva, ¿qué resulto de aquel "Jardín del Edén", como lo llamara Colón, o "Paraíso Terrenal", según las palabras de Vespucio? La ilustración europea elaboró de alguna manera la justificación filosófica y científica de la ulterior empresa colonial. Un mundo tan diferente a la sociedad civilizada de Europa no podía ser sino "salvaje".

La idea fue fructuosa para los civilizadores. Nada resultaría mas práctico a los codiciosos hijosdalgos españoles que excluir a los habitantes de la tierra nueva del género humano, y a sus animales de la geografía zoológica reconocida. Todo aquello que no se parecía a Europa sería clasificado como salvaje o bestial. El eurocentrismo se abrirá camino con los primeros navegantes para alcanzar su culminación plena con dos veredictos inapelables: el de Buffon en el siglo XVIII y el de Hegel en siglo XIX. Buffon afirmó que América era inmadura, que sus hombres eran insignificantes, lampiños y asexuados; que sus batracios eran gigantescos, pero en compensación, sus animales feroces resultaban ridículamente pequeños.

Con la mayor seriedad del mundo, Voltaire agregaría que los leones de América eran calvos. Ya en el siglo XIX el padre Acosta decía en una carta al rey de España: "A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España". Espejo de infortunio, las clases ilustradas de América Latina siguieron llamando con nombres europeos a las cosas más propias y originales de la vida latinoamericana. Dominaba la obsesión de la similitud, como patrón de medida para lo óptimo. Y luego avanzó, imponente, inapelable, el filósofo del estado prusiano.

Hegel pronunció una sentencia condenatoria: América del Sur es antes naturaleza que historia. A nuestras espaldas no hay nada: sólo el porvenir dirá si hay una historia posible. América del Sur esta fuera del reino del espíritu. Hegel la expulsa de la historia. Pese a tales dictámenes, España había realizado la hazaña inverosímil de desdoblar su propia sociedad hacia las Indias. A diferencia de las empresas de saqueo colonial de las restantes potencias europeas, los españoles mezclaron su sangre con los aborígenes de la Vieja América. Por medio de tal formidable fusión, nació en cuatro siglos una nueva raza cultural, étnica y política, una sociedad mestiza, criolla, de inmigración cristiana y de paganismo cristianizado, algo muy peculiar que no resultó ser en definitiva ni la América original ni la Europa colonizadora, sino una creación histórica nueva, lanzada hacia el azaroso destino de procurarse una identidad nacional. Lo cual no resultó nada fácil. Pues en tanto Europa y Estados Unidos, desde los siglos XVII, XVIII y XIX, constituyeron sus estados nacionales y aseguraron de tal manera el marco jurídico para la expansión de su plena soberanía y su libertad económica e intelectual, las grandes potencias se opondrán a que los continentes marginales acometan una tarea análoga.

No era "el fantasma del comunismo" el que acechaba a aquella Europa entrevista por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, sino el fantasma del nacionalismo. Las naciones que logra...continua



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