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1/4/1952 . Julio Argentino Roca por Pablo Carvallo (Jorge Abelardo Ramos)


Por Pablo Carvallo - Par�s, abril 1952
Positivismo y Educaci�n en la era de Roca

El conquistador del Desierto ten�a 54 a�os al comenzar su se�gunda presidencia. Su figura se hab�a redondeado; la mirada era siempre serena, te�ida de iron�a. La calva precoz y los escasos ca�bellos blancos a�ad�an gravedad a la juvenil estampa del general, que hab�a tenido en un pu�o a la Rep�blica durante las �ltimas dos d�cadas. Hac�a veinte a�os hab�a entrado a la orgullosa ciudad con cuarenta mil soldados de l�nea; con ese acto hab�a decapitado la hegemon�a portuaria, y puesto fin a la dominaci�n del partido mitrista.
Despu�s de vencer al mitrismo, negoci� con �l; pues el partido porte�o pose�a en la Capital lo que Roca jam�s logr� conquistar: la popularidad de una clientela cada vez m�s cosmopolita. Roca fing�a consultar a Mitre en cada ocasi�n trascendente; en realidad, sondeaba el estado de �nimo de Buenos Aires, que lo mir� siempre con recelo. Roca hac�a lo que en esos tiempos llam�se �gobierno de opini�n�. Unos pocos miles de argentinos votaban en las elecciones; el resto eran extranjeros, que constitu�an la mayor�a adulta de la poblaci�n. Durante los �ltimos gobiernos del �r�gimen�, antes de Irigoyen, la lucha pol�tica realiz�base entre argentinos, fueran �stos mitristas o roquistas. S�lo con la segunda generaci�n de hijos de inmigrantes se abrir�n las puertas de la libertad electoral. Irigoyen dar� la f�rmula, que no s�lo era democr�tica, sino tambi�n nacional e integradora.
El mundo, entre tanto, hab�a modificado profundamente su fisonom�a. La era del imperialismo viv�a su turbulenta juventud. Kipling hab�a cantado: �Tenemos los hombres, tenemos los barcos y tenemos el dinero tambi�n�. El reparto de las colonias y las disputas de las grandes potencias se le�an en los diarios de Buenos Aires. El Transvaal y el Lago Victoria, Sud�n y Egipto, China y Nigeria �todo Asia y todo �frica� eran meticulosamente saqueados por la civilizaci�n. Los ensayistas indagaban sobre el genio racial del hom�bre blanco, capaz de realizar tales proezas: �Es necesario que el negro sepa que la naci�n que se ha instalado como due�a en medio de sus s�banas y de sus bosques es m�s fuerte, m�s poderosa, m�s gloriosa que sus antiguos amos�(1).
Gobineau conceptuaba al �ario� como el tipo aristocr�tico de la raza humana; Carlyle y Kipling se�alaban al saj�n como el �nico creador de la historia. El �peligro amarillo� se convierte en el tema favorito de los imperialistas blancos. Ingleses, franceses y alemanes compiten en atribuir a sus respectivos pa�ses la funci�n de soldados de una nueva cruzada en los territorios del mundo exc�ntrico. El joven imperialismo norteamericano acude jadeante a la sublime com�petencia: �Hemos alcanzado ya tal grado de desarrollo industrial que para asegurar la venta de nuestro excedente de productos, nos es pre�ciso abrirles nuevos caminos�, dice sin poes�a el Presidente Mac Kinley (2). Teodoro Roosevelt, c�nico y rapaz, declara: �La guerra es lo �nico que nos permite adquirir estas cualidades viriles, necesarias para triunfar en la lucha sin cuartel de la vida actual� (3). Rub�n Dar�o, el nicarag�ense, contesta al perro de presa con lo �nico que en aquella �poca, antes de Sandino y de Fidel Castro, pod�an responder, los latinoamericanos:

�Tened cuidado. �Vive la Am�rica Espa�ola!
�Hay mil cachorros sueltos del Le�n Espa�ol!
Se necesitar�a, Roosevelt, ser por Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte cazador,
para poder tenernos en vuestras f�rreas garras.
Y, pues, cont�is con todo; falta una cosa: �Dios!� (4)

El hambre se volv�a una �instituci�n en la India� (5). Comenza�ban las intrigas norteamericanas para obtener del Senado de Colombia la concesi�n en la provincia de Panam� y construir un canal. Se pon�an de moda las virtudes raciales: �los cruzamientos borran las mejores cualidades� (6); ca�an los m�s c�lidos elogios sobre el �dolicoc�falo imperialista y codicioso� (7). El �affaire� Dreyfus en Francia hab�a replanteado con furor antes desconocido la cuesti�n jud�a en Europa. La tolerancia ce...continua



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