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27/4/1952 . Juventud y agonía del surrealismo por Pablo Carvallo




Se supone que una guerra es un acto independiente de la historia humana, un minuto negro, un bautismo escarlata y un asunto de los políticos profesionales. Esta disociación deliberada de un proceso tan múltiple ha contribuido a cortar las raíces que unen al arte con los acontecimientos de la realidad visible. Un examen más reflexivo de la cuestión conduciría, sin embargo, a filiar ciertos movimientos artísticos con la crisis de la civilización actual, identidad no siempre legítima, pero que en nuestro siglo deviene insustituible para dilucidar los secretos últimos de la desesperación ética y estética de que somos testigos.
La primera guerra fue “una guerra para acabar con todas las guerras”; los últimos treinta años han probado fehacientemente que un nuevo conflicto será suficiente para acabar con todos los hombres. Fue precisamente en 1916, cuando los ejércitos europeos completan sus tareas de exterminio recíproco y los pastores de almas a lo Bertrand Rusell o Romain Rolland invocaban el sentido común para sellar la paz, que Tristán Tzará, un poeta rumano, fundaba en Suiza el movimiento “Dadá”
El dadaísmo constituyó una revelación mágica para la joven generación intelectual, hundida en el barro de las trincheras. Se trataba de una respuesta irracional, espontánea y aparentemente absurda, al caos del mundo. Los poetas de veinte años proclamaron con inaudita violencia verbal su derecho a la rebelión artística, a la destrucción de los viejos valores, la burla trágica contra la falsa seriedad académica, el “porque sí” contra la pompa. Tzarà compone poemas químicos o estáticos, afirma que “el pensamiento nace en la boca”, sus amigos depositan ramos de flores a los pies de un maniquí y despliegan una técnica de espectacular provocación en las atónitas calles de Zurich o París, promoviendo escándalos en los teatros, en las exposiciones o en los cafés.
Era una exploración típicamente romántica contra una sociedad que los ahogaba: al manicomio del capitalismo los artistas oponían su propio manicomio, a la hipócrita sociedad del mundo oficial se contestaba con una seriedad dramática, escondida bajo la máscara poética. El dadaísmo rechazaba paradójicamente al arte y adoraba los productos humildes de uso común, inventaba máquinas inverosímiles y poemas de una asombrosa alquimia. La desesperación había llevado a la búsqueda de lo imposible; se había trocado en una esperanza sin límites, en un júbilo físico por lo nuevo, en una execración de lo viejo, lo vano y lo falso.
Mientras los vencedores de la primera guerra se repartían el mundo colonial y las posesiones asiáticas y africanas, probando que el objetivo de la guerra era un grandioso fraude, el dadaísmo se convertía en el eje de toda la nueva generación europea de intelectuales, harta del fraude y de las formas caducas. Un periodista de la época describe en estos términos las farsas iniciales de un acto público del dadaísmo: “Con el mal gusto que los caracteriza, los dadaístas esta vez han apelado al resorte de lo terrorífico. La escena se desarrolló en un sótano y todas las luces estaban apagadas en el interior del local. Por una trampa subían gemidos. Un gracioso, escondido tras un armario, injuriaba a las personalidades presentes… Los dadaístas, sin corbata y con guantes blancos, iban y venían de un lado al otro… Andrés Bretón masticaba fósforos, Ribemont-Dessaignes gritaba a cada momento: ‘Llueve sobre una calavera’. Aragón maullaba. Philippe Soupault jugaba a la escondida con Tzará, en tanto que Benjamín Peret y Chouchoune se daban la mano continuamente. En el umbral, Jacques Rigaut contaba en voz alta los automóviles y las perlas de los concurrentes…”
El dadaísmo estaba poseído de un nihilismo de alta tensión, corrosivo, acústico, grotesco. Era una liberación de la represiva atmósfera de guerra y del estancamiento general del arte. Pero no tenía fines creadores. La necesidad de un movimiento que cristalizara las victorias de esa rebelión originó la divergencia entre André...continua



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