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1/8/1973 . Rasputinismo y pequeña burguesía por Jorge Abelardo Ramos



La reacción inmediata de los partidos ante la renuncia de Cámpora, fue de una hipócrita perplejidad. El impagable Alfonsín, paradigma del lugar común pequeño burgués, habló de un “golpe de derecha”, lo mismo que el Partido Comunista. En realidad, el equipo de espantajos de la vieja política rechinó los dientes ante la evidencia de que Perón, en definitiva, volvería al gobierno. Sin duda que las intimidades de la renuncia de Cámpora eran inconfesables. Nadie ignora que la camarilla rasputiniana de López Rega, Rucci y Gelbard proyectaba lanzar sobre el gobierno de Cámpora una ofensiva fulminante para exigir su renuncia y obligarlo a abandonar el poder bajo el oprobio y el descrédito. Esta inspiración fue descubierta a tiempo por Cámpora y sus hombres de confianza y les sugirió la idea de ganarles de mano anticipando sus renuncias. (1)

¿Qué los oponía a Cámpora? Naturalmente que no los impulsaba el loable anhelo de restablecer en toda su pureza la “voluntad general” mediante la instalación de Perón en el poder. La hostilidad de los rasputinianos hacia el gobierno del 11 de marzo se fundaba en dos hechos: 1°) el carácter democrático que inesperadamente había adquirido el gabinete anterior y 2°) el velado antagonismo entre Cámpora y Perón, determinado por la naturaleza bicéfala del nuevo poder.
Rápidamente se crearon dos camarillas palaciegas. Los “jóvenes” rodearon a Cámpora y los “rasputinianos” a Perón. En el primer caso, el ministerio de Cámpora representaba de alguna manera el vuelco político de grandes sectores de la pequeña burguesía hacia el peronismo y su presión para que en la nueva etapa del movimiento justicialista en el poder adquiriese los perfiles de nacionalismo democrática de que había estado desprovisto en la época anterior. Por esa razón la política exterior y la política interior revistieron el carácter antiimperialista conocido, como lo testimoniaron en otro plano las amnistías, los indultos, la derogación de la legislación represiva y la intervención Puiggrós a la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, el propio Perón sostuvo desde el 25 de mayo, tanto en el gobierno de Cámpora como en el de Lastiri, la línea económica de Gelbard y Gómez Morales.

Al parecer, Cámpora alimentó la esperanza de gobernar los cuatro años mediante el ejercicio de un poder vicario, que recibiría la divina inspiración del patriarca emitida desde su glorioso crepúsculo. Pero el patriarca, por sí, y azuzado por los rasputinianos, ansiaba el gobierno directo y no quería ni oir hablar de atardeceres. Esto, por lo demás, desde el punto de vista de las grandes masas y de la justicia histórica, que supera aunque no excluye la “petite histoire”, significaba llevar hasta su conclusión natural el proceso de representatividad por el cual había luchado el pueblo argentino durante más de tres lustros. El candidato presidencial del FIP, es útil recordarlo, así lo había preconizado antes del 11 de marzo, lo que llenó de confusión a la pequeña burguesía ilustrada, que nunca entiende las cosas simples si se trata de temas fundamentales.

El “gang” rasputiniano representaba sin duda la parálisis, la corrupción y el compromiso con la vencida dictadura, pero de algún modo encarnaba la decadencia del movimiento y esta circunstancia lo vinculaba con el peronismo real, ansioso de gozar de un poder sin nuevos sobresaltos, un peronismo despojado de “epos” y terroristas. Los jóvenes abogados que rodearon a Cámpora, en cambio, pretendían hacer un “gobierno peronista ideal”. El ministro Righi representó las fantasías de la juventud universitaria que se había precipitado hacia el Frejuli hacía pocos meses y de cuya desesperación ante la crisis que castigaba al país había brotado una esperanza quimérica: el oscuro deseo de que el peronismo fuese algo parecido a la revolución mexicana en marcha al socialismo. El general Perón sería una especie de Pancho Villa; Evita, una Rosa Luxemburgo y Cámpora un afable León Trotsky. Pero, ay, si aquí había rasputines...continua



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