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4/1/1952 . LA CIUDAD SUMERGIDA por Victor Almagro

El Sult�n de T�nger Recita un Cor�n que Tiene Olor a P�lvora

EXCLUSIVO
TANGER- En la cr�nica de ayer nos referimos a la ciudad nueva, esa ed�nica urbe de negociantes nerviosos por hacer dinero. Tambi�n T�nger es una �ciudad abierta�. De acuerdo al convenio de las potencias dominantes, ha sido declarada una zona neutral, por cuyos t�rminos se �proh�be todo acto de guerra en ese territorio�, lo que recuerda, si es que asuntos como este hay margen para la iron�a, aquel reciente edicto de un alcalde pueblerino de Francia en el que prohib�a dentro de su per�metro municipal �el transporte y uso de la bomba at�mica�.
T�nger es, a pesar de la lluvia de oro que anega a los europeos residentes, un explosivo, como todo el Marruecos, franc�s o espa�ol, bastantes pr�digos en detonantes pol�ticos.
Para tranquilidad de los comerciantes europeos, no rige ninguna tasa sobre el volumen de los negocios, ni hay ning�n impuesto sobre los ingresos. Todas estas medidas de �Lalsser faire� han determinado que la vida econ�mica de los �rabes se oriente, en una peque�a parte, hacia los min�sculos negocios de art�culos tur�sticos importados y que la mayor�a de la poblaci�n se vea reducida a la mas extrema pobreza o empujada a los limites de la inanici�n. Los europeos se han preocupado de dar trabajo a los �rabes, pero los changadores del puerto o los polic�as �rabes en el barrio moro agotan el mercado del trabajo. Por eso los �rabes no tienen otra salida que dedicarse a la pol�tica.
Los turistas franceses, ingleses o norteamericanos pasean en auto con su obligada �Leica�, por la Avenida Espa�a, rambla que ci�e al mar. Pero son escasos los que se atreven a caminar por las calles estrechas, sucias y s�rdidas de Zoco-chico, el barrio �rabe de T�nger, la verdadera T�nger de fenicios y romanos, el ghetto musulm�n. Es la ciudad sumergida. Cerca de all� florecieron en remotos tiempos los jardines de las Hesp�rides, que produc�an �frutos de oro�, mucho antes del mercado negro.
Bajo sus arcos se conservan algunas piedras simb�licas de la gran metr�poli fenicia que fue cuyos barcos hicieron temblar la bah�a con su comercio. Hoy el barrio moro de T�nger no es m�s que un d�dalo de callejuelas ahogadas por los muros, laberintos donde coexisten buhoneros, agitadores nacionalistas huidos del Marruecos franc�s, mujeres de todas las nacionalidades que alegran en bares apropiados a los marineros eventuales, comerciantes que venden encendedores austriacos fabricados en Italia, m�quinas fotogr�ficas japonesas tan peque�as que caben en un pu�o cerrado y falsos pasaportes para pr�fugos que puedan pagarlos.

En el Zoco-Chico hay fuego

Los pocos europeos que trabajan en el barrio �rabe son espa�oles, casi todos de condici�n modesta. Son mozos de bares o caf�s, due�os de fonda con men� fijo o n�ufragos sin profesi�n. El resto de la poblaci�n es totalmente �rabe y las calles del Zoco ven pasar diariamente no solo a tangerinos sino a berberiscos, herederos de viejos piratas mediterr�neos y a campesinos marroqu�es, arreando a sus burros de cargas en direcci�n al Zoco Grande sede del mercado.
Al atardecer se re�nen en la gran plaza los narradores de leyendas, cuyas fabulas apenas musitadas se entrelazan con los pregones de �La voix du Maroc�, �rgano pol�tico del movimiento nacional marroqu� que ya no quiere f�bulas. Graves ciudadanos vestidos con �chiladas� escuchan con atenci�n concentrada al narrador de las viejas tradiciones y luego se encaminaran lentamente a tomar un t� de hierbas (un t� de ruda m�s barato que el famoso caf� moro, accesible hoy solo a los turistas con d�lares). En la misma plaza del Zoco Grande se instalan a esa hora luchadores, saltimbanquis y domadores de serpientes. Por cinco pesetas puede apreciarse el arte de producir fuego de la boca y encender con sus chispas una mata de heno. Sin embargo no s�lo esta clase de fuego se gesta en las gargantas marroqu�es.
Rabat, donde posee su residencia el Sult�n de Marruecos, bajo la mirada vigilante del Alto Residente franc�s, est� muy cerc...continua



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