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2/8/1986 . Las relaciones de la Iglesia Católica y el Estado por Jorge Abelardo Ramos



Más bien debería hablarse de las malas relaciones del Estado con la Iglesia Católica. Resulta realmente picante que el gobierno, desvelado por su manía perfeccionista de llevar sus vínculos con el Occidente luterano, y en general con el mundo externo, al nivel de un romance inextinguible, valore tan poco la delicada naturaleza de sus vínculos con la Iglesia argentina y con los católicos.

Estos “progresistas” en el gobierno, aturdidos todavía con un poder que no habían soñado alcanzar jamás, se han vuelto librepensadores decimonónicos. Dicho sea al pasar, el Occidente luterano hace poco caso de las cabriolas y banquetes del ilustre Caputo. Reagan abofetea a la Argentina y vende trigo a bajo precio a los rusos cuando le conviene. A las grandes potencias se les antoja algo ridícula la seudodiplomacia de los países que pretenden ser occidentales y no lo son.

No pasa un solo día, sin embargo, que por casi todas las radios (en poder del gobierno) y en las revistas ilustrdas, aunque sin la menor ilustración, todo género de personajes, y aún de insectos de un nivel cultural equivalente a su especie, no se haga un escarnio de la Iglesia. Pero no se trata, en realidad, de una cuestión de índole religiosa, ni de que un viejo pecador como yo pretenda pasar como beato. Por cierto que los pastores protestantes, los archimandritas, los rabinos, los Testigos de Jehová y los mormones se sienten bien a gusto con el alfonsinismo en el gobierno. De todo lo cual debe inferirse que no hay teologías en discusión, sino más bien una ofensiva indeclarada contra los católicos y su Iglesia. Esta ofensiva cuenta con la “neutralidad benévola” del Estado, a cargo de un gobierno extasiado por una Constitución que establece el sostén del culto católico. Misteriosa contradicción.

He dicho más de una vez que, en América Latina, el indigenismo indicativamente esgrimido por blancos puros de religión protestante esconde, allá en el fondo, la acción político-étnica del imperialismo. Este último se propone fragmentar más todavía la Nación-continente. De la misma manera, los amargos y hasta soeces ataques a la Iglesia que suelen verse en las tapas de las revistas porno-progresistas de Buenos Aires, no suponen un diálogo herético con Dios o el soliloquio de un metafísico, sino la manifestación vulgar de una política extranjera contra la Nación. Esto debe explicarse en el sentido de que la fe católica es profesada por la mayoría de los argentinos y latinoamericanos y es, de algún modo, como la coránica en Medio Oriente, un peculiar escudo de nuestra nacionalidad ante aquellos que quieren dominarnos o dividirnos.

En los pueblos marginados del “estilo de vida occidental” y que, como nosotros, padecen un “estilo de vida accidental”, la religión ejerce un doble papel: el teológico que le es propio y el de ideología nacional defensiva contra el dominador extranjero.

La campaña contra la fe católica, sus símbolos, sus hombres y sus instituciones es tanto secreta como pública. Secreta, en cuanto a la silenciosa poda de los subsidios tradicionalmente otorgados a las escuelas privadas dirigidas por sacerdotes católicos. Y pública, a través de todo género de lenguaraces que han tomado la radio o la televisión por asalto en nombre de la “participación democrática”. Esto debería traducirse en un franco enfrentamiento entre la “progresía” y la “feligresía”. Pero no es tal. La respuesta de los sectores nacionales y, en este caso, de la Iglesia, por dichos medios es medida por un gotero por estos “profesionales de la libertad”.

Si se toma como ejemplo el tema del divorcio, otra muestra de la inventiva inagotable del alfonsinismo, se verá que la truculencia periodística contra la Iglesia tiene pocos precedentes en la Argentina.

¿Cuál es la actitud del gobierno? Adopta el aire pampeano de dejar pasar el tiempo. Se lava las manos como si nada le concerniese. Son sus diputados y senadores de liviano equipaje intelectual los encargados de conducir el tema, seguidos a...continua



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